
“Yo sólo quería un café y ¿ahora resulta que su destino está en mis manos?" Estaba encallada en esa frase y tenía que seguir avanzando, el tiempo de entrega que su editor le había dado tocaba a su fin. Mil veces la había borrado y mil veces releído lo que la precedía y otras tantas la habían vuelto a escribir, era como si la atrapara y no la dejara escapar y tenía su lógica de que fuera así.
Recordaba el tiempo en el que acudía aquel pequeño café a escribir, se sentaba en una de sus mesas y dejaba que el olor del negro líquido le invadiera, se apoderara de ella.
Era un lugar tranquilo frecuentado siempre por los mismos parroquianos, una clientela variopinta y fiel al lugar.
Le gustaba la tranquilidad que allí reinaba, la complicidad anónima que había entre el público asistente, le daba la paz que necesitaba para garabatear su libreta de notas.
Había reparado en él un día que levanto los ojos de sus notas y miro a su alrededor, a pesar de conocer de vista a toda la concurrencia nunca había reparado en la persona que ocupaba la mesa del fondo.
Era moreno, de profundos ojos negros, jugueteaba nervioso con la taza vacía mientras bebía sorbos de café en su vaso alto, lleno de hielo.
Le llamo poderosamente la atención, sin saber muy bien porque, pues era de esas personas que pasan desapercibidas, que se esfuerzan en ello y lo consiguen.
No recordaba muy bien como ni porque, pero un día acabo sentada en su mesa, charlando como si se conocieran de toda la vida, como si fueran íntimos amigos.
Aquellas charlas se prolongaron en el tiempo, casi a diario, y sin quererlo ninguno de los dos se creo un vínculo irrompible, era más fuerte que ellos mismos, una conexión invisible que les unía de una forma inusual.
El tiempo fue pasando y las charlas sucediéndose con regularidad, cada vez más íntimas, cada vez más intensas, cada día más necesarias.
Se enamoraron sin tan solo darse cuenta, eran dos que se comportaban como uno, tan fuerte era su compenetración que ya no hacían falta palabras les bastaba con una mirada. Se conocían a la perfección, sus defectos y virtudes, se amaban como eran, dos seres encerrados en su mundo, un mundo a medida de su amor
Lo que había empezado con una charla en la mesa del fondo del pequeño café acabo convirtiéndose en una solidad unión
El destino de uno estaba en manos del otro...si los separaban no eran nada, si los unían lo eran todo.
Y ahora cuando releía una vez más lo escrito se daba cuenta que tenía que seguir a partir de esa frase, que no la podía borrar, esa máxima que encerraba la razón de su existir... ella solo quería un café y de pronto se encontró entre sus manos un destino que no era el suyo, el suyo estaba en las de la persona de la mesa del fondo...
4 Pensamientos:
precioso... y ¿cómo sigue? Me he quedado con als ganas.
¿Crisis, qué crisis?
Los ricos también lloran
Qué bonito! Se respira amor entre las palabras.
Enhorabuena
(Gracias por comentar en mi blog ^^)
Besos!
intenso...
Besooooos
Rescatas, no solo en este sino en otros relatos el aroma de aquellos cafés de antaño en donde las palabras acudían a ser escritas sobre alguna mesa.
Y nace una historia, o ella la vive, o la sueña, sea lo que fuere, se escribe, en aquel café entrañable.
Me ha encantado, un abrazo!
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